PENSAMIENTOS

TERNURA

Reconocer al otro como digno de ternura es detenerse un instante y ver la fragilidad ajena como un espejo: ahí también podríamos estar nosotros.
La ternura no es debilidad; es una forma de lucidez. Es comprender que todos cargamos algo —un miedo, un cansancio, una historia que nadie conoce— y aun así seguimos intentando. Reconocer esa batalla silenciosa es ofrecer un pequeño respiro, una luz que no exige nada a cambio.
Mostrar ternura no siempre implica grandes gestos; a veces es apenas un modo de estar. Es ofrecer la atención completa, como quien enciende una pequeña fogata en medio del desierto para que otro no pase frío. Es preguntar con sinceridad cómo está alguien y quedarse a escuchar la respuesta. Es suavizar la voz cuando el día del otro viene áspero, o dejar un espacio para que respire sin sentirse observado. La ternura se muestra en lo mínimo: en la paciencia, en la delicadeza, en la forma en que sostenemos lo frágil sin romperlo. Y cuando la damos así, sin prisa y sin exigencia, algo en el mundo se acomoda.
Cuando tratamos al otro con ternura, algo se acomoda en el aire. El día se vuelve menos áspero. La distancia entre dos cuerpos se convierte en un puente. Y, por un momento, el mundo recuerda que también puede ser suave.
Porque al final, la ternura es eso: un recordatorio de que seguimos siendo humanos, y de que todavía es posible tocarnos sin herirnos.

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